Documento confidencial: manual para salvar a la infanta
Destaco: «“Propongo convencer a los abogados de la Infanta de que la opción más inteligente es la de no recurrir […] y que propongan la comparecencia voluntaria de la Infanta a la mayor brevedad posible”. El fiscal Pedro Horrach, veterano luchador contra la corrupción, diseñó en un escrito confidencial la estrategia que han seguido el Gobierno, la Fiscalía General del Estado, la Casa Real y hasta los abogados de la Infanta para salvar a Cristina de Borbón y mejorar su imagen. En el documento, el fiscal pide también a la Casa Real que guarde silencio y se abstenga de apoyarle para no “sulfurar” a la opinión pública, y asegura que la declaración de la Infanta servirá para “ganar la guerra”.»
El consejero de Cultura critica los 250.000 euros de sueldo del director de la Sinfónica de Sevilla
«No voy a personalizar en absoluto el caso con los tres protagonistas referidos pues entiendo que si fueran cualesquiera otros tres distintos daría igual, tal como se argumenta el asunto. Por el modo en que el Sr. consejero de cultura andaluz, Luciano Alonso, plantea el debate, parece ser que lo que se dirime es si es justo o no que alguien gane más que el presidente de una comunidad autónoma donde se vaya a trabajar y, a la par, si es lícito o no que alguien especialmente dotado para algo pueda o no prestar sus servicios en varios sitios públicos a la vez cumpliendo totalmente con los cometidos encomendados.
Lo primero que habría que aclarar es cuál es el criterio para establecer los sueldos.
Si es la excelencia en los requerimientos para desempeñar el puesto de trabajo es lógico pensar entonces que un excelente currículo de estudios y consecuciones al respecto de dicho puesto debería estar mejor pagado que otro inferior; diría aún más, incluso sin currículo, mediante la demostración en tiempo real de las supuestas excelencias que avalarían dichos currículos, pues el camino se demuestra andando y su eficiencia llegando.
Si es la utilidad pública lo pertinente para el establecimiento de los sueldos entonces los de aquellos profesionales imprescindibles para el funcionamiento y avance de la civilización deberían ser los mejor dotados económicamente y los de los actuales políticos deberían ser rebajados al rango de lo completamente desechable, pues no hay nada más prescindible que un político de nuestros días, que en su mayoría sólo accede al poder para autobeneficios lucrativos y no representar jamás a sus votantes salvo cuando las voluntades de éstos coinciden con las de los intereses privados del político de turno. Prescindibles por completo — o casi– porque quienes sostienen el funcionamiento real de los países de modo completamente imprescindible son sus funcionarios y demás trabajadores que actúan realmente elaborando riqueza duradera y eficiencia sociocultural y socipolítica.
Así pues, la idea de que «nadie en el sector público de Andalucía debe cobrar más que la presidenta» es una completa y clara falacia.
Lo segundo, más fácil de ver, es si debería permitirse que un trabajo de excelencia altamente cualificado y de características únicas debería poder ser compatible con su ejercicio en el sector público en varias instancias del mismo al mismo tiempo. Aquí habría pues que comenzar por dirimir en qué consistirían esas características que hicieran el trabajo que va a ser contratado completamente único como para no poder contratar un especialista distinto por cada instancia contratada. Si es tan único e imprescindible entonces deberían aceptarse las condiciones que el profesional impusiera para su contratación dentro de lo razonable en el orden sociocultural internacional, pues de otro modo el especialista tendería a irse a prestar sus servicios donde estuvieran dispuestos a pagar su caché sin impedimentos. Pero si no es tan único e imprescindible sería injustificable.
Así pues, la solución al respecto de las presuntas incompatibilidades es sencilla: en este caso sólo han de ver si desean o necesitan la calidad de dirección de orquesta de Don Pedro Halffter como algo único e imprescindible. Y si no es así el problema se habrá terminado contratando otro director de al menos la misma calidad profesional y con un caché al menos 1 céntimo más bajo que el sueldo de Doña Susana Díaz –o probablemente de Don Luciano Alonso, a tenor de sus argumentaciones y actitudes al respecto de este tema, pues quedaría arbitrario decir que por encima del presidente de la Junta de Andalucía no pero por encima de su consejero de cultura sí–. Y todos tan contentos.» [Agustín Barahona]

Sólo quiero lo mejor para ti | Edición impresa | EL PAÍS.
Uno de los más respetados musicólogos vivos, Richard Taruskin, autor de una historia de la música occidental en seis volúmenes que incluye un elegante capítulo sobre rock (Oxford), tuvo una iluminación en ocasión de uno de sus viajes a Moscú. La orquesta del Conservatorio interpretaba la Séptima sinfonía de Shostakovich cuando Taruskin acertó a ver en la expresión de los oyentes una apasionada emoción que rara vez había observado en los conciertos de música moderna. Como Pablo de Tarso en su camino hacia Damasco, cuenta el crítico que vio con cegadora claridad que se había equivocado totalmente. No sólo él, lo que habría carecido de importancia, sino el conjunto de la musicología occidental. Se percató de que la teoría, la historia y la crítica sobre la música del siglo XX había cometido un error monumental. La música que sobreviviría, la que seguiría oyéndose cien años más tarde, sería la de Shostakovich, no la de Schoenberg.
Una afirmación como la anterior todavía suena escandalosa o estúpida para buena parte de los críticos, teóricos e historiadores de la música. Y en España, más. Para aquellos que sean totalmente sordos a la música clásica les diré que equivale a afirmar que Hitchcock soportará mejor que Eisenstein el paso del tiempo, o que Spielberg es más importante que Tarkovsky. Lo cierto es que Shostakovich está cada vez más presente en la vida musical, en tanto que Schoenberg se mantiene donde siempre estuvo, con la exigua minoría de expertos. Y se le están muriendo los subscriptores.
La paradoja sobre el valor de las obras de arte es que éste parece no depender del público, pero, ¿es en verdad posible que una obra de arte sea extraordinariamente valiosa, aunque nadie o muy poca gente quiera oírla, verla o leerla? Quienes afirman, por ejemplo, que la música de Schoenberg es fundamental y en cambio otra más popular como la de Stravinsky, es trivial o incluso «mala» (así lo afirma Theodor W. Adorno, modelo de los defensores de Schoenberg), ¿no están diciendo, en realidad, otra cosa?
Según esta posición, la importancia de Schoenberg, de Webern, del serialismo, del dodecafonismo, de las secuelas de Darmstadt, del IRCAM o de otros centros de producción experimental, es independiente de que haya alguien que quiera oír sus productos. El Arte vive para sí mismo. Quienes deciden sobre su valor (dicen) son los expertos, los profesionales. El público no puede decidir el valor de la obra de arte, porque entonces sería más valioso un musical de Broadway que una ópera de Schoenberg.
Esta inacabable disputa es inútil. Juzgue lo que quiera el experto, en el caso de la música (como en el del teatro) quien decide es el público porque la música es un espectáculo. De modo que Gershwin, Britten, Prokofiev o Janacek seguirán sonando en las salas de concierto, pero Schoenberg (utilizo su nombre como metáfora) cada vez menos. Quizás esto sea lamentable, pero también es inevitable. La dificultad que plantea Schoenberg es de un orden totalmente distinto a la que plantean compositores exigentes y sin embargo accesibles como Bartók.
Es justamente esa dificultad lo que permite que el valor de la música de Schoenberg no lo decida el público de los conciertos, sino el teórico y el historiador que creen que la historia de la música tiene un sentido trascendental. Si la historia de la música tiene ese sentido, entonces Schoenberg es la consecuencia de una cadena causal que desde Wagner viene anunciando la llegada del Mesías (Schoenberg). El valor de esa música tan escasamente popular es un valor histórico, filosófico y (sobre todo) religioso, más que musical. Por «religioso» me refiero a la creencia o la fe en que los procesos artísticos, sociales, económicos, en fin, los relatos históricos, tienen un sentido y sólo uno, a diferencia de las novelas. Por ejemplo, que la historia del Arte muestra el proceso de autoconciencia de las artes, que la historia de Francia es la de la Libertad de su Pueblo, que la sociedad capitalista ha entrado en su fase terminal, y cosas semejantes. Quien así piensa, está obligado a tener a Schoenberg por un músico más importante que Stravinsky.
Cuando la importancia de un hecho, suceso, objeto o caso no la determinan aquellos que lo financian y sufren las consecuencias, sino los expertos, los historiadores y los teóricos metafísicos, entonces estamos en un medio ajeno a la democracia y típico de la tradición autoritaria europea. Que la gente disfrute con Tchaikovsky y se aburra con Schoenberg puede ser lamentable, pero que para salvarles de su error se les condene a oír al vienés a todas horas, es despótico. En general, eso no sucede porque los conciertos se pagan, pero allí donde el contribuyente carece de poder de compra, sucede con harta frecuencia.
Compárese con lo que está sucediendo en la surrealista gestación del Estatuto catalán. Los expertos, los historiadores, los teóricos y los profesionales catalanes han decidido que «históricamente» (sea esto lo que sea) Cataluña tiene más derecho que Murcia a cualquier cosa, que la nación catalana posee una existencia de orden metafísico previa a sus habitantes, y que en la jerarquía de las naciones Cataluña sólo es comparable a Francia y superior a España. Cataluña es un pedazo de Schoenberg fundado en razones trascendentales. De momento, el público español ha desertado las salas de conciertos donde suena el Estatuto y son los expertos quienes se ven obligados a hacer publicidad para que la gente se entusiasme, o a condimentar encuestas carísimas que confirmen lo acertados que estaban y el éxito loco de estos conciertos a teatro vacío. Su alternativa es tocar sólo para adictos a Schoenberg.
La iluminación de Taruskin, hombre formado en la filosofía europea del siglo XX, filosofía impregnada de historicismo hegeliano y mesianismo marxista, es tan sencilla como esto: el descubrimiento de la democracia. La palabra «democracia», como lo prueba la dudosa moralidad de quienes la usan sin descanso para justificar sus deshonestidades, está cargada de instancias éticas. Parece como si lo democrático fuera lo moralmente bueno, cuando en realidad lo democrático es simplemente el conjunto de mecanismos que se despliegan de un modo casi inevitable para el control y la dominación de sociedades masivas con enormes potenciales energéticos y económicos. La democracia es tan sólo una técnica social eficaz para mantener el orden en un medio cuyo estallido sería funesto. Este mecanismo puede utilizarse bien o mal, pero no es un estado de gracia. Los políticos novatos utilizan la palabra como los católicos usan la palabra «devoción», y se acusan unos a otros de no ser democráticos… ¡como si fuera posible no serlo! Sin embargo, «demócrata» equivale a: «concernido por el mercado». El político demócrata es aquel que se ofrece en un mercado donde hay competidores. Nada más.
Para Taruskin siempre fue cosa evidente que las novedades de la música dodecafónica eran técnicamente interesantes. También, que Schoenberg creía que su nuevo método llenaría salas de conciertos en lugar de vaciarlas. Pero a diferencia de la música de su discípulo Alban Berg, el público no ha aceptado la del maestro. De un modo creciente, la programación de obras de Schoenberg (no todas: insisto en que utilizo al pobre vienés como metáfora) se ha ido haciendo por respeto a la historia, por su interés técnico, por la fascinación que ejerce sobre los expertos, pero no porque el público lo reclame a gritos y agote las localidades. De ahí también que en la historia de la música de Taruskin aparezca un capítulo sobre el rock, como en la historia de la literatura francesa de Kléber Haedens apareció Simenon un buen día, para escándalo y horror de los académicos.
Lo democrático no es, por sí mismo, «bueno» sino «eficaz». Los deportes de masas, el turismo industrial, las grandes superficies como lugares de entretenimiento y consumo, o el arte actual, son fenómenos democráticos, espectáculos masivos, movimientos de millones de personas con colosales poderes económicos y escasa libertad. Se parece bastante al nazismo, con una diferencia esencial: los políticos democráticos procuran programar aquellos conciertos que les gustan a las masas, en lugar de adoctrinarlas con conciertos que las agobian y agreden. Pero en algunos lugares, los profesionales de la vieja política, los viejos historiadores, los teóricos y expertos de la escuela trascendental o nacionalista, siguen actuando como sacerdotes cuya obligación es conducir al Pueblo hasta el Valle de Josafat y enseñarle a comportarse debidamente. A los pobrecitos habitantes de esos lugares los machacan con una política eclesiástica, de formación al espíritu nacional, en línea con la militancia sacerdotal que destruyó a Europa en los últimos dos siglos. Felizmente, al cabo de unos años los ciudadanos acudirán al mercado para comprar el político que más les apetezca. Ya veremos si es Schoenberg.
Félix de Azúa 10 NOV 2005