Hagamos todo tipo de votos y ensalmos para que no nos pongamos enfermos, porque si nos ocurre tal desgracia, desde el 1 de enero próximo, a ésta habrá que sumarle la de tener el tipo de po(muy)líticos que nos gobiernan.
Parece ser que regresamos a tiempos (pre)histéricos [sic], donde para fomentar que tus virus –que parece ser que son conscientes de tus necesidades laborales y actúan sólo para fastidiar– aceleren su proceso de dispersión y muerte, mientras esto no ocurra a ti te pagarán sólo el 60% de tu sueldo (!) si tu enfermedad no está catalogada como «laboral».
Pero lo más «simpático» es que el engaño deliberado de la Aguirré surtió efecto, ya que tan es así que la gente cree que los profesores sólo trabajamos 18 o 20 horas en vez de las 37,5 que realmente trabajamos desde al menos 1987, puesto que los periódicos se atreven a publicar que «ahora» nos van a «obligar» a trabajar las 37,5 horas que ya trabajamos desde la OM de 31 dejulio del 87 y por la que (citada al pie de la letra en el artículo) venimos rigiéndonos hace casi 25 años (viva la profesionalidad de los periodistas). Y otras lindezas… (véanse) http://www.20minutos.es/noticia/1254363/0/Aguirre/sueldo-funcionarios/bajas-laborales/
Si tuviera el humor y fé necesarios estaría dispuesto a apoyar a cualquier grupo político en cuyo proyecto de resolución para los problemas de España tuviera por una de sus obligaciones fundamentales el principio de proporcionalidad. Lamentablemente, acabo de oir el discurso del candidato a presidente de todos los españoles y por ninguna parte he podido oir algo que, como digo, es para mi fundamental: garantizar que se causen los perjuicios o beneficios que se causen van a ser proporcionales a todos los bolsillos. Es decir, que si alguien propone que para resolver los problemas de España yo tengo que ajustarme el cinturón un 10% el partido o gobierno que lo proponga tiene que ajustarse ese mismo 10% el cinturón en cada uno de sus miembros…¡por lo menos!, ya que se supone que el político sólo puede ser eficaz siendo sabio, coherente pero, fundamentalmente, ejemplar.
La ausencia de promesa de dicho principio de proporcionalidad ¿ha sido un desperdicio de oportunidades o mas bien un crudo ajuste a la presente y futura realidad? Ojalá el candidato no lo haya dicho porque se lo tenga guardado como un conejo en la chistera para hacer de ello su aparición estelar en el momento adecuado, mediático y ejemplar. Pero si no ha sido así, mal futuro auguraría a los españoles mientras la ahora llamada clase política (cuyo papel en la Revolución Francesa era ostentado más o menos por aquella curiosa nobleza) siga siendo una clase artificial e injustamente privilegiada, perjudicante de todos nuestros intereses individuales y nacionales, así como estorbante de cualquier procedimiento que pueda dar al traste con todo lo viciado que ella representa. Ojalá todo esto deje de ser así, como digo; pero de momento me da la impresión de que no tenemos nada que nos permita siquiera dudar sobre si cabe alguna posibilidad de redención o enmienda. ¿Estaremos equivocados todos menos los políticos?
Agustín Barahona
«Cuando un legislador redacta una norma debe articularla para dificultar o anular de antemano toda posibilidad de perversión o interpretación viciada que de seguro intentarán acometer los enemigos del Estado de Derecho. Ese es el motivo por el que desde época romana se dice que una parte de la culpa de que los perversos puedan pervertir la sociedad la tienen los legisladores ineptos, otra los que viendo la ineptitud de sus colegas no hacen nada por remediarlo y otra las autoridades que no aplican las normas o que negocian con ellas. Todos los que han «jugado» al «juego » de las elecciones sabían de antemano cuáles eran las reglas de este juego y la posibilidad de vicio que ofrecían, por lo que no cabe en absoluto quejarse ahora o intentar variar con subterfugios los resultados de la última tirada del dado. Los que, merced a este azar, están en posesión del poder de cambiar las viciadas normas del juego son los que deben cambiarlas, aunque es difícil confiar en ello porque precisamente la posibilidad de perturbación del orden o estado de las cosas es lo que en no pocas ocasiones permite que quienes están en el poder puedan perpetuarse en él.» [Agustín Barahona]